BICHO RARO

Los miraba y reconocía cada una de esas sonrisas 30 años después. No sabía bien qué hacía allí y menos aún por qué se habían tomado la molestia de invitarla. Nunca tuvo ningún amigo real en el colegio, era tímida y miedosa. El blanco perfecto de burlas y bromas pesadas. Así que aprendió a aislarse del mundo y a devorar libros como recurso a sus carencias afectivas. Se sentaba en una esquina del patio y los veía jugar y reír, compartir bocadillos, patear balones ellos y sonrojarse ellas cuando el guapo de la clase las miraba. Y el bicho raro, escondido detrás de su libro, intentaba leer sus labios para entrar dentro de ese club selecto.

Alguna vez se le acercaba alguien, hablaba con ella o parecían interesarse por lo que estaba leyendo o por cómo estaba, pero enseguida se daba cuenta de que el único motivo era ganar para minutos después, hacerle una putada o dejarla en ridículo. Era raro el día que no salía de clase llorando. Una vez Carlos, el guapo de clase, le metió una caca de perro en el estuche mientras las chicas la entretenían. Al abrirlo en clase aquel olor nauseabundo se apoderó del aire y dos de sus compañeros acabaron vomitándose encima. Un desastre y una vergüenza que siempre llevó a sus espaldas. Tuvo la suerte de no acabar la primaria en aquel puto infierno, ya que a su padre lo trasladaron de trabajo y en su nuevo destino, lejos de ser popular, por lo menos tuvo algunos amigos que la querían y la respetaban tal y como era.

Y allí estaba, copa de vino en mano, observando a aquella panda de hijos de puta que le habían amargado la infancia. Estaba en una esquina del bar y todos parecían felicísimos y radiantes. El reencuentro era doble: después de la pandemia era la primera vez que muchos de ellos acudían a un acto de más de 6 personas y fuera de la famosa burbuja en la que la humanidad había vivido en los últimos tiempos. Lucían sus mejores galas ellas, enfundadas en vestidos brillantosos e histriónicos, subidas en tacones imposibles. Y ellos enfundados en camisas demasiado estrechas y americanas satinadas que daban bastante grima. Gordos, calvos y sudorosos.

En cambio ella vestía tejano con una camisa medio mona y unas bambas negras. El único extra que había hecho era ponerse un body reductor para controlar sus lorzas, desabrocharse un par de botones superiores de la camisa y pintarse los labios de rojo. Aparte de ser la rara de clase, también fue la gorda y la fea. Los años mantuvieron los dos primeros adjetivos y suavizaron el segundo. Sus rasgos habían mejorado bastante y su pelo enmarañado de la infancia se convirtió en una melena rizada que era la envidia de muchas de sus actuales amigas. Y sí, esas tetas también merecían ser lucidas.

Desde que Carlos contactó vía Facebook con ella para invitarla al “evento el año” según él, ella había empezado a urdir en su cabeza el plan que perpetrara la venganza que merecían. Y lo tuvo clarísimo desde el principio. Ojo por ojo. Allí estaba él, hablando con la que parecía ser Marta, una de sus novietas de clase. Daba pena verlo. Intentaba disimular su incipiente calvicie luciendo una melena imposible de encajar en aquella cabeza. Y estaba claro que la ropa se la compraba su mujer porque nada de lo que llevaba parecía ser de su talla: la americana caía en su espalda como una losa, demasiado grande para sus hechuras. El pantalón y la camisa, por el contrario, amenazaban con explosionar de un momento a otro y dejar ciega a su interlocutora de un botonazo en el ojo. Un Cristo, vaya. En uno de sus exagerados aspavientos se giró y la vio, y una sonrisa maliciosa que decía "ahí está la tonta de clase" surgió de su cara de cabrón. Y ella supo leerlo.

Se acercó y enseguida entablaron la típica conversación estúpida de cuando alguien no te importa una mierda: cómo estás, qué tal la vida, cómo lo llevas, cuánto tiempo sin vernos, qué bien reencontrarnos todos… Hasta que empezaron las estupideces que ella esperaba: ¿Sigues siendo tan rarita? ¿Has conseguido salir de la burbuja? ¿No lo habrás pasado tan mal en el confinamiento, verdad? Total, siempre estabas sola… Y de ahí a miradas al escote culminando con la frase estrella: Has mejorado mucho con los años, estás bastante más buena. Ella estuvo a punto de contestarle que por desgracia él daba entre pena y asco, tanto como el resto de autómatas que se movían por la sala cruzándose unos con otros entre grititos, abrazos y risas histéricas. Hacía mucho calor y la gente empezó a deshacerse de chaquetas y americanas. Algunas sacaron abanicos de sus bolsos que blandían sobre su pecho de manera frenética. Era el momento perfecto para que empezara la acción.

El gigantesco ventilador de techo del local se puso en marcha. Lo conocía perfectamente, más que nada porque el local era suyo y se había ofrecido a cederlo como lugar ideal y gratuito para la celebración. Le encantaba aquel monstruo de grandes brazos. De él brotaba una brisa maravillosa y además, tenía un depósito donde podía colocar agua que al activarse un mecanismo, salía en pequeños chorros a gran potencia. Y que las aspas hacían el resto del trabajo, esparciendo el frescor por el ambiente. Un maravilloso invento de ingeniería punta.

Disculpándose con Carlos, que llevaba rato coqueteando descaradamente con ella, se fue al almacén dónde tenía preparado un chubasquero amarillo precioso a lo capitán Pescanova. Se lo puso y acto seguido llenó el depósito del ventilador con un líquido preparado especialmente para sus invitados. Movió bien la mezcla para que tuviera una consistencia ligera y no atascara el mecanismo. Se puso la capucha antes de volver a la sala, donde todos habían empezado a bailar los éxitos de los 90 que ella misma había recopilado en una playlist para la ocasión llamada Vindicta.

Se colocó en el centro de la pista de baile. Al verla de aquella guisa, todos la miraron entre sorprendidos y avergonzados, y como era lo habitual la señalaron y empezaron a reír a carcajadas. Escuchó a Carlos decir: "puede estar mucho más buena pero sigue siendo una puta loca rarita". Y fue entonces cuando ella los miró, uno por uno, con una sonrisa maliciosa en sus labios. Accionó el mando a distancia que tenía en el bolsillo escondido activando los chorros del ventilador a toda potencia, los cuales automáticamente dejaron ir aquella mezcla líquida, fruto de años de rabia acumulada. Protegida bajo el plástico vio cómo todos, durante el primer minuto, agradecían el fresco líquido mirando al techo e incluso algunos abrieron la boca para calmar su sed. Pero enseguida se dieron cuenta que algo no iba bien. La pestilencia invadió el espacio y las camisas y vestidos blancos se adornaron de pequeñas motas marronosas y amarillentas. Ahí empezaron los gritos y los movimientos espasmódicos de los ilustres asistentes que no sabían hacia dónde ir, corriendo como pollos sin cabeza por aquel local diáfano que no tenía dónde ponerse a cubierto. Y ella no podía más que sentirse satisfecha de si misma y de su gran plan. Era un bicho raro, sí. Pero brillante.

Y es que la venganza se sirve en plato frío… Y cubierta de mierda.


Comentarios

  1. Luisa María3/5/21 22:46

    Al final a cada cerdo... ¡Bravo por esa guerrera!

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  2. donde las dan las toman...debería ser de justicia total. Bien relatado y mejor descrito, qué fácil es para unos cuántos marginar a quien no cumple con los patrones de la sociedad, y cuán difícil dar el paso de defender al débil. La mayoría optan por mirar hacia otro lado o sencillamente no ver. lo cuentas tal cual, sin tapujos , transparente como la mayoría de tus textos. Al pan pan y al vino vino. enhorabuena 😘

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