NO TOCAR


Es domingo, hace sol y salgo con mi taza de té al balcón, es lo más lejos que podré ir en los próximos días hasta nueva orden. Marzo de 2020, un mes de esos que sabes que de una manera u otra la vida te va a recolocar en algún otro lugar. O por lo menos vas a aprender un par de cosas. Yo lo tengo bastante claro.

Aunque no es temprano fuera reina el silencio, pero los balcones, de manera inusual, han cobrado vida y de pronto todo el paisaje al que me he habituado en estos 40 años de vida, se transforma. La vida en vertical, no en horizontal. Observo a mis vecinos y sé que ellos me observan a mí. En esos próximos días nos vamos a convertir en mirones, en voyeurs curiosos de lo que pasa a escasos metros de nuestro refugio llamado casa. Hasta ahora poco me importaban los que habitaban delante mío o tres balcones más allá. Y ahora que me empiezo a cansar de pantallas y dispositivos digitales, me dedicaré a inventar la vida de cada uno de ellos y así, crear un nuevo escenario donde poder refugiarme en estos días extraños de soledades y miedos.

Los vecinos de delante, los que tengo más a la vista, son una pareja joven que vive con otro chico. Me pregunto si será el hermano de uno de ellos o quizá un amigo. O quizás son un trío. Hace un momento estaban los tres tendiendo ropa en pijama, entre risas. Me miraban de reojo mientras yo intentaba disimular, detrás de mi taza,  el interés que me provocan. Les envidio, envidio de pronto esa complicidad que solo se logra entre buenos amigos, con tus hermanos, o con tu compañero de vida cuando aún existe la chispa adecuada. Cuando acaban, desaparecen dentro de casa y espero el siguiente acto. Reaparece la pareja principal, por llamarla así, se sientan al sol en ambas sillas de plástico, uno frente al otro y ella apoyada sus pies en las rodillas de él. Están tomando una cerveza, siguen en pijama. Mientras charlan, él le acaricia los tobillos y el empeine. De repente caigo en la cuenta de que sólo han pasado dos días desde que no tengo contacto físico con nadie y lo hecho mucho de menos. Yo y la soledad hace tiempo que hicimos las paces y somos colegas, pero soy de esas personas que necesitan tocar y que me toquen. Me pregunto cuántos abrazos daré cuando acabe todo esto y se me antojan infinitos.

En la ventana de al lado, un vecino en su dormitorio, ataviado con una camiseta corte imperio blanca y unos calzoncillos bóxer del mismo color, libra su propia cruzada personal. Debe de tener unos 60 años y su ropa interior ha perdido la blancura que solo ella sabía mantener. Ya nadie le hace la colada y eso no lo lleva nada bien. Quita la funda nórdica con dificultad y cierta rabia, y pienso en cuando la tenga que poner: para entonces su paciencia habrá mermado, estará más enfadado y se sentirá más solo aún. Leo en su ceño fruncido el signo inequívoco de la preocupación. Piensa en cómo va a mantener a flote los próximos meses su pequeña empresa de reformas del hogar, o de transporte, o de cualquier cosa, eso es lo de menos. Le han cancelado todos los trabajos para las próximas semanas que en breve serán meses y lo que oye en las noticias no le parece nada alentador. Desde aquí oigo que tiene puesta la radio, las noticias son puñales. Se pregunta cómo pagará los sueldos, los autónomos, a los proveedores. Como podrá ayudar a su hija a pagar la hipoteca de ese piso que compró sin podérselo permitir. Se pregunta muchas cosas y el nórdico no le ayuda a encontrar respuestas. De pronto atraviesa el cristal con sus ojos y me mira tan fijamente que me asusta, sabe que sé lo que le pasa y eso no le gusta. Disimulo mirando el móvil y durante un rato me abstraigo en él para no parecer una jodida loca psicópata.

Acabo mi infusión dándole el último trago al líquido ya frío, pero mi ansia y mi curiosidad siguen intactas. Entro y espero a que la Kettel caliente el agua de nuevo, mientras voy construyendo casitas mentales para cada uno estos nuevos habitantes y hasta las decoro como creo que les gustaría. Si han venido para quedarse, quiero que se sientan como en casa. Salgo de nuevo con mi taza humeante entre las manos. El sol se esconde de vez en cuando tras las nubes, cambiando la iluminación del espectáculo. Empiezo a tener frío, me echo una mantita por encima y decido quedarme un rato más capturando escenas ajenas. La pareja del trío ya no está, me pregunto si deben estar dentro practicando sexo a dúo o con el tercero en discordia. Son tan jóvenes. Esa idea de pronto me excita, pensaré en ello más tarde para contextualizar mi próxima sesión de onanismo. Cambio de silla para observar desde otro ángulo. 

Hay una señora mayor en uno de los balcones, regando sus plantas con sumo cuidado. La tengo vista, me la cruzo a menudo en el súper de abajo. Juraría que es viuda y es feliz siéndolo. Siempre sonríe, pero sus ojos esconden esa certera expresión de mujer maltratada por la vida. Por un momento quiero levantar la mano para saludarla, pero nunca lo he hecho. Si lo hago ahora quizá piense que estoy pirada, aunque quizá ella también necesite ese saludo que esconde un: aquí estoy vecina, por si me necesita. Y me pregunto quién necesita más a quien.  Cuando acaba, se sienta en su silla al sol, se pone unas gafas de óptica, saca un boli y un libro de crucigramas. Automáticamente me acuerdo de mi madre, ella también disfruta entreteniéndose así, cosa que me gusta, así mantiene su cabecita en forma para lo que tenga que venir. Me pregunto cómo es posible adorar tanto a un ser humano como yo la adoro a ella, pero es que sería imposible no hacerlo. Y es por eso que ahora mismo deseo tanto abrazarla y hundir mi cabeza en su cuello que hasta me duele. Hace tres días que no la veo, solo tres. He estado mucho más tiempo sin hacerlo, como cuando he estado de viaje, y por un momento me siento sumamente egoísta por echarla tanto de menos ahora y no cuando estoy divirtiéndome en cualquier otro lugar del mundo. Las buenas intenciones y el romanticismo de todos estos días sobrevivirán durante un tiempo y algo quedará de todo lo bueno, pero también sé que pasado el tiempo, volveremos a mirarnos nuestro propio ombligo, como es habitual. Se me emborrona la vista y me permito llorar un poco, sé que eso siempre me ayuda. Mientras enjuago mis lágrimas e intento disimular mi repentina emoción, la vecina levanta la cabeza del librito, me lanza una sonrisa compasiva y alza la mano saludándome. Yo sonrío y le devuelvo el saludo. Por fin nos hemos presentado oficialmente.

Dos balcones más arriba de mi nueva amiga, a la izquierda, vive un señor chino que está fumando compulsivamente hace rato. Cada calada que da es más intensa a la inmediatamente anterior y observo que en dos minutos escasos el cigarro se desvanece entre sus dedos y antes de que se apague uno, enciende otro, como quien no quiere salir de ese círculo vicioso. Quizá haya perdido a familiares o a amigos en su país. Posiblemente esté triste, pero no logro descifrar su expresión. Aparece un niño de unos tres años que se esconde entre sus piernas a observar la calle, el padre refunfuña un poco pero finalmente le permite colocarse ahí. Me pregunto cuántos días llevarán ellos entre sus cuatro paredes. Cuanto admiro su comportamiento. Han sido capaces ellos solitos de atrincherarse en sus casa sin que nadie se lo pidiera, para protegerse y protegernos. Cuanto respeto, cuanto sentido de la responsabilidad y del cuidado de la comunidad tienen. Tan diferentes a nosotros que casi asusta.

De fondo  empieza a sonar en streaming Silvia Pérez Cruz y su Pequeño vals vienés y me invade una sensación extraña de pertenecer a algo muy grande, muy global. China – Viena – Palafrugell - El Prat. Algo que está fuera de mi alcance pero de lo cual formo parte y por tanto, soy responsable. A algo que no puedo tocar, pero si puedo sentir mejor que nunca, muy adentro.

Y pienso que viviendo en la época del déjame mi espacio, del dame tiempo, del aléjate un poco, del ya nos veremos… Del deja de tocar, del prefiero quedarme en casa, del no te necesito... Justo en este momento extrañamente apocalíptico, aprenderemos una lección vital más y nos replanteamos que muchas cosas que creíamos superfluas son más importantes de lo que pensábamos. Y ahora más que nunca, ahora que no podemos tocar, que no podemos quedar, es cuando más lo deseamos. Ahora que no podemos salir, es cuando deseamos hasta ir a trabajar. Ahora que no podemos ver a los nuestros, es cuando más valoramos a la familia. Ahora que nos sentimos vulnerables, es cuando empezamos a entender a los que, desde hace ya muchos años, han hecho de esa vulnerabilidad su forma de vida, simplemente por hacer nacido en lugares menos favorecidos. Ahora que todo es histeria por conseguir el último paquete de papel del wáter o la última bandeja de pollo, quizá empecemos a valorar lo que tenemos y no andar siempre quejándonos por las esquinas.

Vuelvo dentro de casa, ahora sí que tengo frío. El sol se ha escondido. FIN DEL ACTO. De pronto ya es miércoles, pero podría seguir siendo domingo porque todo sigue igual. Va a empezar a llover en breve. En un rato los balcones se quedarán vacíos de nuevo, hasta la próxima función. Hasta el próximo aplauso.

Me abrazo al cojín y miro el móvil de nuevo, para ver si alguien me echa de menos tanto como yo echo de menos al mundo.

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