AYER SALÍ

Ayer salí. Salí in extremis.

Un sábado más que te propongo hacer algo: cenar, beber, drogarnos, bailar. Volver a ser jóvenes. Y otra negativa. “Cariño, estoy cansado, vemos una peli y ya”. Y ni la peli ves, porque a los diez minutos ya estás dormido. Y yo te miro y me das pena. Y me asquea ver como roncas con tu cabeza apoyada en mi hombro, un sábado más. Y yo intento no moverme, pero en realidad lo que quiero es escupirte en la cara, a ver si así me haces un poco de caso, a ver si así reaccionas y te enfadas. Y se te mueve algo por dentro. Pero creo que estás muerto, hace tiempo que lo sé. Eres un puto autómata que lo único que hace es trabajar y ver pelis, si es que consigues mantenerte despierto. Hace mucho que no follamos, pero a ti te la pela. Me regalaste un satisfyer en cuanto salió a la venta como para hacerme un favor. Pero te lo hacías a ti mismo. Así no tenías que tocarme más y la verdad, que yo feliz. Claro que echo de menos el calor, pero esa mierda mecánica me produce más orgasmos en cinco minutos que los que tú podrás proporcionarme tu miserable existencia. 

Ayer salí, sin pensarlo demasiado.

Me despierto a hacer pis a la una de la madrugada, y te miro. Un bulto roncador, eso me pareces. Boca arriba, emitiendo ese sonido que hace unos años me parecía hasta bonito y que a día de hoy me produce repulsión absoluta, por eso casi nunca duermo contigo. Pero ni te has preocupado en preguntarme porque te despiertas solo cada día. Miro por la ventana y veo la calle desierta, pero sé que más allá hay vida, hay otra noche no tan silenciosa, esperándome. Así que cojo algo de ropa, me visto en silencio, me calzo las bambas, me pinto los labios rojos y salgo. Pienso en dejarte una nota por si te despiertas y ves que no estoy. Pero eso no pasará. No que no te despiertes, eso es posible. Mi certeza es que no vas a notar demasiado mi ausencia. Eso lo tengo claro.

Ayer salí, y deambulé sin rumbo.

Acabo en el centro, ya me duelen los pies de tanto andar. Y veo un bar lleno de gente, la puerta atestada de fumadores sonrientes y distendidos. Me cuelo entre todos ellos y entro en ese antro. Huele a mezcla de perfumes, sudor y polvo. A ganas de sexo, a nostalgias, a penas y a divertimento forzado. A años perdidos y a esperanza por recuperarlos en una sola noche. Me instalo en la barra y pido un gintonic, “de lo que sea” le digo a la camarera. “El más barato me está bien”. Y ella me sonríe. Sabe que tengo un plan. Al segundo trago ya se instala a mi lado el baboso de turno, con sonrisa bobalicona. Me mira de reojo mientras hace cola para pedir su copa y yo ya hace rato que le estoy viendo la intención. Hago contacto visual y me propone pagar la segunda copa, pero lo que en realidad quiere es meterse en mis bragas. Y yo accedo. Vamos a tener suerte. No me parece el tío más atractivo del lugar, pero yo tampoco estoy para andar conquistando cuerpos hercúleos. Tiene buena boca, labios gruesos y manos grandes. Y una espalda ancha donde clavar las uñas. Con eso me basta. Charlamos de mierda superficial y aburrida, pero me da igual. Cuando estoy acabando la segunda copa ya no le escucho, hace rato que asiento con la cabeza a sus milongas. Tengo muchas ganas de mear. Me levanto del taburete, me acerco, y le como la boca. Sino esto se eterniza. “Paga las copas y vamos fuera. ¿Tienes el coche cerca, a que sí?” Asiente mientras yo me alejo en dirección al lavabo. Meo y me miro al espejo. Doy asco, pero me brillan los ojos como hace mucho que no me brillan. Me siento joven y poderosa. Muy joven.

Ayer salí, y acabé en un coche ajeno.

El sexo es mediocre, ni siquiera logra mantener la erección más de cinco minutos. Pero su boca y sus manos lo arreglan. Suena Extremoduro: So payaso. Sonrío. Acabo, él ni siquiera se corre. Se hace un par de rayas con la polla fuera de los pantalones aún. Bastante dantesca la imagen. Me meto la mía y me despido. “Guárdate eso en los pantalones anda, que da un poco de cosita verte”. Lo vuelvo a mirar de arriba a abajo y te recuerdo roncando boca arriba en la cama. Me da la misma pena que tú me estabas dando antes de huir de mi propia cama. Bajo el espejito del asiento del copiloto, me quito las legañas del rimmel, me sacudo los rizos, me retoco los labios y salgo de ese coche despidiéndome con un beso en la frente. “No deberías conducir en tu estado”.

Ayer salí, y ya empezaba a despuntar el alba.

Me siento en los escalones de la entrada de la Estación de Francia. Me encanta ese sitio. Y siento que tengo hambre. Necesito comer algo. Pero no sé bien el qué. Me siento sucia y cansada, pero me gusta. Miro a la gente pasar volviendo a casa, algunos solos, otros en pareja. O en grupos ruidosos. Una panda de ingleses borrachos pasan por delante mio y me miran diciendo algún tipo de obscenidad, pero yo no los oigo. León Benavente me susurra al oído: 

Sentí que esto tenía que ver con la esperanza
Con no dejarme arrastrar por la ola de mugre que avanza
A todo cuanto me invitaron yo dije "sí"…  

Ayer salí, y pensé que cualquier destino era correcto.

Miro el panel de salidas y pienso cuál de esos lugares es el más adecuado para transportarme lo suficientemente lejos como para olvidar quien soy. Para olvidar quien eres tú. Quien éramos nosotros. Para empezar de nuevo el otro lugar, sin nada. Sin equipaje, sin dinero, sin amigos. Sin red.  Sin ti. Pero veo que el tren que va más lejos llega a Mora la Nova. Y me parece un sitio aburrido y vulgar. Clavo mi mirada en ese nombre. Mora la Nova. Y me pregunto cuál será su gentilicio. Me doy media vuelta, y emprendo el camino de vuelta a casa. 

Ayer salí, y sabía que cuando llegara todo seguiría igual.

Pero yo ya no soy la misma. Necesito una ducha.

Comentarios

  1. Iván el Marino3/2/20 22:28

    Jo, tú sí que sabes como escribir un final. En cierto modo me ha recordado la canción de Dee D. Jackson "Automatic Lover". A decir verdad, cualquier referencia al satisfyer siempre me recuerda esa canción. Parece ser que el fututo finalmente llegó.

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