BENIDORM THINGS

Mientras él entendía un título absurdo de película, ella lloraba de risa imaginando como luciría Benidorm Things en pantalla grande. Y fue justo eso lo que más tarde haría que le reclamara la posibilidad de darle un beso, para evitar estrellarse en la nada. Después de días follándose la mente, el sexo a primera vista estaba casi cantado ¿Y quien dice que eso no es amor cuando lo aprendido hasta el momento suele ser doloroso? Y siente ese calor que inunda la estancia, tapándose la boca para no gritar de placer en cada embestida. Ni el aire acondicionado enfría las ganas de sentir la piel en toda su esencia. Sueño de una noche de verano en cada orgasmo.

Ella le deshace creencias de género, a él nunca le han preparado el desayuno.

Se instalan en la belleza de lo efímero y del saber que no se puede echar de menos algo que nunca se ha tenido. Y se sienten más cerca en horas que aquellos que comparten toda una vida. Comen sushi, beben vino y se bañan desnudos. Y se cuentan cosas que nadie más sabe. Justo por eso, porque nada tienen que perder, porque no existe el juicio ni el prejuicio. Y se escupen en la boca, se huelen el aliento recién levantados y se faltan al respeto por el simple hecho de cagarse en ciertas normas... Morales.

Él se fascina ante la seguridad descarada de ella, sin saber que casi todo es coraza. A ella le sorprende que exista aún tanta candidez siendo el mundo tan sórdido. Y tanta torpeza.

Todo es fácil cuando sabes que caduca. E inmediato: como cuando ves ese yogur a punto de llegar a su fecha límite de consumo y lo devoras rápido, vaya a ser que se eche a perder justo al contacto con tu boca. Unas horas pueden ser suficientes cuando quieres comerte la vida, y más cuando hace un tiempo decidiste que no va a ser la vida la que te coma a ti. Ahora el hambre está latente, ahora ellos llevan las riendas, y cada uno las dirige a un lugar muy distinto. Se encuentran en la casilla de salida a punto de finalizar el juego, en dos tableros perpendiculares, como dos lineas que se cruzan puntualmente para separarse justo después. Y se alegran de que así sea.

No hay despedida, pero escuchan el Poeta Halley mientras él le acaricia el pelo: “como un ángel hallado en un ascensor, que bien funcionas como recuerdo”. Y suena en la zona de carga y descarga el tic tac de los warnings, como el reloj del conejo de Alicia, anunciando que el tiempo se acaba. Un “hablamos” con un par de besos depositados en los labios, y la puerta se cierra. Fin del acto.

Y ella sonríe de camino a casa, pensando qué debería prepararse de comer para que no se le vaya ese curioso sabor agridulce de la boca.

Y él también debe sonreír mientras se aleja, sabiendo mejor que nunca que lo único que necesita para ser feliz lo tiene dentro. Y no exactamente guardado en sus pantalones.

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