TODO INCLUIDO

Desde que una de sus amigas de la infancia le contó su experiencia en un resort tropical con todo incluido, su único sueño en la vida fue llegar a experimentar algún día esa maravillosa sensación de felicidad completa. La simple idea de imaginarse rodeada de restaurantes de todo tipo, dónde poder comer y beber a todas horas, con piscinas llenas de monitores de piel  morena requemada dando clases de aquagym, hacía que se mojara las bragas de placer. A partir de entonces, su obsesión fue en aumento y al poco tiempo para sus amigos y conocidos ya no era la Mari, sino la Tei (T.I).

Todos los productos y cachivaches que compraba o consumía, a fuerza de dejarse los riñones y la vida limpiando suelos, eran los más completos y no les faltaban el más absoluto detalle: televisores inteligentes con todos los canales digitales habidos y por haber (paquete de deporte incluido, y eso que ella lo detestaba), último modelo de iphone, ipad, notebook, que nunca supo utilizar correctamente. Termomix, picadora multifunción, artilugio que barre y friega. Navajas suizas, ya ves tu. Aparatos de aire acondicionado con bomba de calor. Vibradores con estimulación clitoriana. Y anal.
Sujetadores con relleno, pantalones con push up. Ropa de tejidos técnicos: impermeables, cortavientos, transpirables y antirotura. Biquinis desmontables y reversibles. Faldas pareo.

Su coche tenía asiento calefactable, elevalunas eléctrico, cierre centralizado, bluetooth y navegador por wifi. Automático, claro. Cabrio y descapotable. Hyundai por eso. Altavoces envolventes donde escuchar cadena Dial. Y hasta un chisme donde apoyar la lata de coca cola mientras conducía.
Ya no iba al cine si éste no disponía de zona de butacas XL y sonido Dolby Surround. Tampoco acudía a restaurantes que no tuvieran en su carta menú degustación o en su defecto, simples buffets libres.

La lista de sus exigencias trascendió a lo personal y si un hombre quería estar a su lado, los requisitos a cumplir eran absolutamente inviables. Quería un hombre guapo pero no mucho, alto pero sin pasarse, ni gordo ni flaco y no demasiado moreno. Ni muy pálido. Romántico sin ser empalagoso, simpático sin resultar un graciosillo, serio pero no soso. Buen amante pero que no lo tuviera todo el día pegado a su entrepierna. Que estuviera por ella pero sólo cuando ella lo reclamara. Listo pero sin pasarse, vaya a ser que la dejara en evidencia en el barrio. Lo mismo le empezó a pasar con sus amistades: algunas resultaban demasiado divertidas, otras muy aburridas. Desconfiaba de quien se preocupaba por ella demasiado, y de quien en absoluto la tenía en cuenta en su vida.

Su vida se convirtió en un Diógenes de objetos que le hacían compañía muda y sorda, y en poco tiempo, nada ni nadie era capaz de complacerla. Cuando nada es suficiente la infelicidad está asegurada. 

Finalmente lo consiguió, logró ahorrar lo suficiente y para sus cincuenta decidió preparar su tan anhelado viaje. Mientras se repasaba el esmalte de uñas destrozado de darle al Nanas, escudriñaba el catálogo de viajes en busca del destino más caro y con más extras de todos. Era su momento y por fin había llegado. Ni nada ni nadie lo iba a estropear. 

Pero el día que tenía que partir se despertó sobresaltada de madrugada, mucho antes de que sonara el despertador. Estaba empapada en sudor y el corazón le brincaba en el pecho golpeándola tan fuerte que tuvo miedo, pavor a morir allí, rodeada de trastos. Y en ese momento supo, que lo único que necesitaba para ser feliz era algo que justamente no era una cosa.


Y perdió el avión, porque para colmo, tenía pánico a volar.

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