AL REVÉS SE ESCRIBE ROMA



Siempre he sido así: Confusa, contraria. Antagónica vital. Mi madre me contó un día, mientras hablábamos de mi nacimiento, que en lugar de llorar al salir de ella, parecía reír a carcajadas. Así empezó mi existencia, del revés, confundiendo conceptos y sentimientos. Y hasta colores. Siempre recibo broncas monumentales por acudir a bodas y funerales vestida de blanco. A fiestas veraniegas en riguroso negro, o a estrenos teatrales de amarillo. Juro que no lo hago a posta, simplemente lo hago, es una tara personal. Soy más lúcida cuando estoy borracha, veo mucho más cuando menos luz hay, reconozco olores deliciosos en lugares inmundos, aprecio el tacto de lo áspero y el sabor sublime de lo amargo.

Suelo salir huyendo cuando muero de ganas de quedarme en un lugar. Imagínense: cuando encuentro a un hombre amoroso que me cuida y me mima, se conecta mi peor parte y no lo soporto. Me produce desconfianza y repulsión que me adoren y me alaben como si fuera un ser extraordinario. En cambio, me quedo atrapada en hombres de los qué tengo la certeza que jamás se van a enamorar de mí, y cuanto menos me demuestran, más me fascinan. Y me abandono a esa sensación de desidia, melancolía y desánimo vital. Me hace sentir viva cada pequeña muerte amorosa.

Entiendo que la gente se aleje de mí y me considere medio marciana. Disfruto con cosas que la gente detesta y detesto cosas que todo el mundo adora. Soy una privilegiada, no tengo que compartir. Hago lo que quiero en exclusiva para mí. A veces me siento sola, es cierto. Pero prefiero eso a seguir a la manada de mentes insulsas que habitan en este estúpido y maravilloso mundo.

Y nada, aquí estoy, sentada en esta sala. Esperando mi turno. Veamos cuantas mentiras he de contar hasta que me crean. Nadie me ha presionado para venir, creo que la gente ya me quiere como soy. O me respetan. Que sé yo. Justo por eso he venido.

Por llevar la contraria.

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